El COVID-19 está trayendo dislocaciones sociales sin paralelo desde la Segunda Guerra Mundial. Es una gran carga para la clase trabajadora y tiene una real importancia para los estrategas del capital.

La Segunda Guerra Mundial tuvo un efecto de radicalización de la conciencia de la clase trabajadora y acabó con revoluciones en todo el mundo. Condiciones similares producen resultados similares. La clase dominante está tratando de aprender las lecciones de la guerra para evitar que se repita dicha radicalización.

Los marxistas también deben estudiar las lecciones de la guerra y la revolución al momento de que una capa de trabajadores está ahora avanzando hacia ideas radicales e incluso revolucionarias en el período próximo.

Se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín y del inicio de los acontecimientos que condujeron a la desaparición, en los meses y años subsiguientes, de los regímenes estalinistas en la Europa del Este y la ex-Unión Soviética. La burguesía está utilizando esta efemérides para tratar de desacreditar una vez más el socialismo y el marxismo, y oculta que lo que cayó en realidad fue una caricatura burocrática y totalitaria que nada tuvo que ver con el socialismo y el comunismo genuinos. Lo que es inocultable, treinta años después, es la podredumbre del capitalismo a escala planetaria y cómo las masas trabajadoras en todo el mundo vuelven a buscar en el socialismo y el marxismo la manera de transformar la realidad que les rodea. Para conmemorar este evento, reproducimos un artículo de Alan Woods escrito hace 10 años, al cumplirse 20 años de la caída del Muro de Berlín, que mantiene toda su actualidad. 

La existencia de la Unión Soviética (la URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) dominó la escena política mundial durante la mayor parte del pasado siglo XX. Eso no fue una casualidad. La URSS surgió del mayor acontecimiento político habido en la historia humana, la Revolución Rusa de 1917. Por primera vez, las clases oprimidas se levantaban y conseguían establecer un régimen social que se proponía terminar con la explotación y la opresión sobre las bases del Socialismo Científico, no sólo en la URSS sino en todo el mundo.

“La lucha está en la calle y no en el parlamento”. Todos hemos escuchado esta consigna en más de una manifestación. Sin duda, contiene una poderosa verdad: en última instancia, las cuestiones fundamentales de la lucha de clases se deciden por la acción directa de las masas. Pero si de lo que hablamos es de cómo el elemento consciente de estas masas, su vanguardia organizada, debe hacer para conducirlas a la toma del poder, esta frase resulta insuficiente.

Con este artículo cerramos la serie que iniciamos en marzo de este año para conmemorar el centenario de la fundación de la Internacional Comunista. Fue escrito por Ted Grant en junio de 1943, poco después de la disolución de la Tercera Internacional por Stalin, sin consultar a los partidos comunistas adherentes y sin su aprobación formal en un congreso de la Internacional “como muestra de buena voluntad” hacia las potencias occidentales vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. En este artículo, Ted Grant, entonces dirigente del trotskista Partido Comunista Revolucionario de Gran Bretaña y fundador décadas más tarde de la Corriente Marxista Internacional, traza una síntesis del surgimiento de la IC y, sobre todo, de las causas que condujeron a su degeneración burocrática y contrarrevolucionaria, y a su disolución final.

Este mes [octubre de 2004] se cumplen cuarenta años del lanzamiento de Militant. Su posterior evolución no tiene paralelo en la historia de los grupos de izquierda en Gran Bretaña ni internacionalmente. De un minúsculo grupo sin recursos, se convirtió en la tendencia trotskista más importante de Gran Bretaña desde la fundación de la Oposición de Izquierda de Trotsky.